En la cima de la escalera hay silencio y oscuridad.Y en los bajos de la escalera también hay oscuridad.
La oscuridad tiene texturas, sonidos, olor.
La oscuridad tiene texturas, sonidos, olor.
La de arriba es orgullosa, difícil. Te hace saber que oculta lo preciado, lo temido, y lo desconocido. Y que si te atreves a explorarla, ella se cobrará su precio, y tú, ni siquiera entonces sabrás cual fue. O lo sabrás, tal vez, cuando sea demasiado tarde. La de abajo es pesada, antigua. Es húmeda y exuberante, y no oculta sus ansias por tragarte y hacerte parte de su vientre infinito, de paredes que no puedes palpar, que no puedes encontrar.
Yo vivo como puedo colgando mi triste humanidad entre los escalones fríos del tramo intermedio de la escalera. Una noche, en que creí estar soñando, desperté aquí, sobre estos mismos escalones, solamente acompañada por un cubo de agua espumosa y una escoba vieja. Lo único que cambia mientras pasa algo parecido a lo que yo solía conocer como tiempo, es que unas veces intento limpiar los escalones de arriba y otras veces los de abajo. Pareciera que solo eso puedo hacer, si es que pretendo mantener alejada la tentación de ver mas allá de las bocas de oscuridad.
Nunca tengo tiempo de pensar demasiado, porque tanto cuando lavo los escalones, subiendo de uno en uno, como cuando hago lo mismo pero bajando, siempre tropiezo con el cubo. Casi sin pánico y con una extraña resignación, veo cómo el agua se derrama con parsimonia por la escalera. Veo burlados todos mis esmeros, pero tranquila de alguna manera, solo atino a esperar que el agua detenga su lento goteo justo al límite del alcance de mi visión.
Entonces, sé que he de volver a limpiar, escalón tras escalón. Una vez, y otra vez, y así para siempre.
1991
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